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16 de mayo de 2017

La oposición apariencia-realidad en Medea de Eurípides.

La tragedia griega está constituida por los mitos de esa civilización. Los autores trágicos se encargaron de darles forma a través de la tragedia misma, para poder presentarle al público una posibilidad de catarsis y expurgación de pasiones.
En este caso se va a analizar la tragedia Medea, de Eurípides, en relación a cómo se presenta la oposición apariencia-realidad, producida por el error humano o hamartía, a lo largo de la obra con diferentes personajes.
En primer lugar, en su conversación con Creonte, Medea asegura que está perdida, sin rumbo, completamente afligida. Medea utiliza una máscara al discutir contra el rey, para poder quedarse un día mas en Corinto. Su primer argumento es que ella no es tan mala como él cree, que en realidad es lo que la gente piensa de ella. Luego, hace de la patria su segundo intento. Por último, el argumento con el que convence a Creonte es el de los hijos. Medea asegura que está destruida y necesita buscar un lugar donde vivir por su prole. Lo que muestra al Corifeo, sin embargo, es diferente:
“Pues la mujer es medrosa y no puede aprestarse a la lucha ni contemplar las armas pero, cuando la ofenden en lo que toca al lecho, nada hay en todo el mundo más sanguinario que ella” (Primer episodio)

Incluso, luego del permiso de Creonte para permanecer en Corinto, Medea sigue pensando en la venganza y ahora comienza a planificarla.
En segundo lugar, en la discusión que Medea tiene con Jasón, en su primer encuentro en la obra, se ve quiénes son realmente ambos personajes y cómo utilizan las oposiciones de la tragedia. Por un lado, Medea se muestra como es: despechada y vengativa, totalmente diferente a como se mostró ante Creonte. En pocas palabras, muestra su lado real frente a Jasón. Mientras que este último, compensa su lado real con el de la apariencia, miente a Medea para justificar su realidad, se aprovecha del amor que Medea sentía por él para decirle que lo hizo por ella:
“[…] para que bien viviéramos sin carecer de nada […], para que en forma digna de esta casa se criasen mis hijos […]” (Segundo episodio)

Es decir, justifica sus actos con una máscara, ocultándole a Medea lo pedante y pretencioso que es. Además, Jasón le niega todo lo que hizo por él y se responsabiliza de la fama de la bruja. Mientras que ella, que por él se convierte en asesina de Pelias y de su propio hermano, acto que luego le cuesta el exilio, intenta hacer que él se de cuenta del abandono a ella y a sus hijos.
Por último, Medea aparenta una disculpa ante el héroe griego para ocultar sus verdaderas intenciones, es decir, hacer llegar los presentes envenenados a Glauce. Jasón ilusamente cree las mentiras de la heroína y esa fe es la que luego va a culminar con la muerte de la hija de Creonte y sus propios hijos:
“A dialogar me he puesto […] con estas reflexiones comprendí que era grande mi estupidez y absurdas mis iras. […] Cedo y reconozco que me equivoqué entonces y ahora es mejor mi idea”  (Cuarto episodio)

En este momento de la obra se da la ironía trágica, la paradoja o contradicción propia de la tragedia. Medea decide que sus hijos se queden con Jasón, pero en realidad, lo que tiene en mente, es asesinarlos luego de que lleven esos regalos al palacio, los cuales iban a condenarlos de todas formas. En el cuarto episodio, durante la disculpa, Medea hace pequeñas intervenciones en las que se habla a sí misma anticipando la consumación del hecho trágico y la peripecia:
[...] ¡Ay. cómo percibo algo de las desdichas que ocultas nos esperan! [...] ¡Ay de mí, qué propensa a las lágrimas estoy, qué miedo tengo! (Cuarto episodio)

En conclusión, la oposición apariencia-realidad define a los personajes y también a la esencia de la cultura griega: la oposición equilibrio-desequilibrio. Cuando se produce la hamartía, es decir, cuando Jasón deja a Medea por Glauce, el equilibrio se desestabiliza, lo cual hace que la apariencia entre en escena y con ella el lenguaje que miente, la utilización de la máscara y el encubrimiento de la realidad. Para retornar al equilibrio, deben darse el hecho trágico, en este caso el asesinato de los hijos de Medea, la muerte de Creonte y la de Glauce. Por último, se manifiesta el cambio de suerte o peripecia de los personajes: mientras que Jasón está completamente destruido por la pérdida de sus hijos, Medea sale de escena en su carro alado, dando cuenta de la posición en la que ella se encuentra.  La obra se enriquece gracias a la oposición, ya que hace que la tragedia cumpla su objetivo: que el espectador se halle en los personajes y equilibre las acciones y los pensamientos con el fin de no cometer los mismos errores.

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