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18 de septiembre de 2013

Una solución a tiempo.

Ya no podemos cuidarlos, hay que decirles.– comentaba el padre de Felipe y Enrique a su madre.
Enrique y Felipe, de quince y catorce años, eran hermanos y vivían al sur de España. Venían de una familia pequeña y humilde.
Sus padres ya no podían cuidarlos, entonces, los echaron de la casa. Repetían cientos de veces que era por ellos, porque tarde o temprano, en su casa, ya no habría qué comer.
 Es por la crisis, chicos. Es por ustedes. Recuerden que siempre los vamos a amar. – les dijo su madre envuelta en llanto.
Los chicos habían hablado, y se dieron cuenta de que no tenían otra opción mas que vivir en la calle. Como no tenían ningún ahorro, tendrían que buscar la manera para poder ganar dinero. A Enrique, se le había ocurrido una idea, podían pedir hasta tener una cantidad “aceptable” y ver que podían hacer.
Alguien va a sentir pena por nosotros y nos va a dar algo para comer o dinero. Vas a ver, intentemos. – propuso Enrique.
Luego de un mes pidiendo en la calle, los chicos se habían dado cuenta de que casi ni les alcanzaba para comer. Necesitaban ayuda urgente. Después de unas horas, un hombre alto de pelo blanco y un sombrero los miraba con lágrimas en los ojos. Se acercó y les dijo que lo acompañaran hasta un campo que el tenía, que les iba a dar un regalo. Los chicos accedieron y lo acompañaron. Cuando llegaron al campo, el hombre les dijo: “Les voy a dar este carruaje, para que puedan transportar gente y que les paguen por su trabajo”. A los chicos les pareció una idea genial, y muy felices, se llevaron el carruaje. Este era de madera, estaba pintado de blanco y lo impulsaban dos caballos albinos hermosos.
Meses después, los chicos podían juntar el doble de dinero que antes con el vehículo.
Un día, el carruaje estaba parado en una esquina. Mientras Felipe iba a comprar pan, su hermano, Enrique, lo cuidaba. Un policía pasó y se preguntó cómo un par de chicos podrían tener un carruaje, los trató de ladrones y rápidamente, se adueñó del carro. Los chicos lloraban desesperados, porque ya no tenían con qué ganar plata.
Durante semanas y semanas, los chicos mendigaron. Lograron juntar el suficiente dinero, como para que ambos pudieran comer. Los dos jóvenes entraron a un negocio y compraron pan. Al salir, comenzaron a caminar. Encontraron una casa con una puerta enorme y un cartel que decía “Hogar para niños”. Entraron por esa enorme puerta y una mujer los atendió y les dijo que se podían quedar allí todo el tiempo que quisieran.
Esa casa, les recordaba a la suya. Al entrar había un enorme patio el cual llevaba a todas las habitaciones de la casa. Había macetas con plantas de todos los tamaños. También, había muchos niños, de todas las edades, jugando y hablando. A Enrique y a Felipe les había gustado tanto ese lugar que, finalmente, decidieron quedarse a vivir allí.

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