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24 de abril de 2013

Criaturas fantásticas pero reales.

–¡Barco a la vista!– dijo el capitán.
Corría el siglo XVIII, cuando dos barcos se enfrentaron entre si, en un peligroso bombardeo, en el que murió una cantidad inexplicable de personas por un gran equívoco. Habían sobrevivido solamente cinco personas. Al cabo de unas horas, dos de ella murieron por deshidratación y una por hipotermia.
Los dos restantes llegaron a una isla desconocida, nunca antes habitada. Luego de unos días, uno de los sobrevivientes se suicidó de una manera espeluznante: colgándose de una de las palmeras de la isla.
Días después de lo que había sucedido, Thomas, el único sobreviviente seguía triste por la muerte de su compañero. Al caer el atardecer, comenzó a desesperarse por no tener donde refugiarse ni que comer y entonces pensó en pescar, ya que, su cuerpo no sobreviviría una noche mas sin comida. Se dio cuenta de que, era mucho trabajo para su cuerpo improvisar una caña para pescar. Cambio sus planes y se aventuro en la isla para buscar frutos o algo que comer.
Luego de varias horas caminando, encontró un fruto exótico. Como no tenia otra opción, decidió comerlo. Automáticamente empezó a sentirse mal y pensó que seria bueno volver a la costa.
Cuando llegó, se desvaneció sobre la cálida arena y permaneció inconsciente durante varias horas.
Al despertar, vio a su lado a una mujer bella de cabello largo. Pensó que estaba alucinando. Asustado, rápidamente se paró y pudo percibir que la bella mujer que estaba sentada a su lado, en una piedra, era una sirena.
–Esto es un sueño, ¡No puede estar pasando!– dijo Thomas.
La sirena lo miró con sus hermosos ojos violetas, grandes y resplandecientes. Transmitía paz en esa mirada, pero Thomas continuó insistiendo.
–¿Una sirena? Las sirenas no existen, son animales mitológicos. ¡Me estoy volviendo loco!–
Caminó unos metros, sorprendido y deshidratado, y volvió a desmayarse. En ese momento, la sirena comprendió que debía llevarle algo para beber y fue en busca del agua.
Thomas despertó tirado en la arena. Caía la tarde en el horizonte. Confundido, se sentó en la orilla del mar, sin comprender si lo que había vivido era real o no. De repente, algo se acercó a él. Temeroso, sin saber qué hacer… pensó en escaparse, pero su curiosidad era mayor que su miedo y volvió. Una figura parecida a la de una mujer lo miraba tan asombrada como lo estaba él.
En sus manos, escamosas, traía una caracola con agua, la cual le ofreció para beber. El la tomó entre sus manos y bebió.
Desde aquella tarde, la sirena le suministraba agua y comida. Su comunicación era a través de sus miradas.
Después de muchos años, en el camarote de su barco, terminó su libro: “Criaturas fantásticas pero reales”. Hasta su muerte, persiguió en cada ocaso, siluetas en el mar.

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